Jazz-Hot, n.º 17. Noviembre de 1947
EL JAZZ Y SUS GESTAS
Fue una experiencia bastante curiosa el asistir recientemente, en un cineclub de barrio, a la proyección sucesiva de Jammin' the Blues, un cortometraje del fotógrafo americano Gjon Mili, dedicado a una jamsession de músicos negros, y Swing Romance, birria pastosa donde un Fred Astaire trompetista conquista el corazón de su bella llegando a hacerse contratar en la gran orquesta de Artie Shaw.
Lo que era interesante observar, es el público. Un público popular, más bien joven y que venía sobre todo por los escasos dibujos animados que componían la primera mitad del programa.
Es del todo evidente que, a priori, el público contaba con divertirse mucho durante la proyección de la película de Mili. Pensad, un film con nada más que negros. Los negros, son una especie de payasos, y esta manía que tienen de soplar en instrumentos ruidosos con muecas. En resumen, el público se regocijaba de antemano, y hay que decir que hizo loables esfuerzos para continuar regocijándose. Pero pese a que los primeros planos de la cantante hubiesen hecho soplar un viento de satisfacción sobre el público por fin alegre (pensad, pues, además, cantaba en inglés americano) no era eso. Qué queréis, uno tiene derecho a esperar algo mejor de individuos que son tan poco diferentes a los simios.
No tengo necesidad de volveros a hablar sobre la perfección de Jammin' the blues. Todos los que lo habéis visto tenéis aún en el ojo la subida lenta de un humo gris de cigarrillo delante de un fondo negro, la figura tranquila y serena de Illinois Jacquet, comenzando a tocar el blues, las fulguraciones chapadas sobre la pantalla de la trompeta y del saxo que se multiplicaban de un golpe, y la maravillosa simplicidad, el natural tan perfecto de esas máscaras negras esculpidas en plena sombra por la virtud de las iluminaciones oblicuas de Gjon Mili. No necesito describiros a esos danzantes, desdoblando el tempo de un fragmento rápido, y cuyas sombras vivían sobre un fondo claro esta vez, ni esta música -nuestra vida misma.
Pero, es esta extraña espera del público lo que me pareció curiosa, ese deseo de interpretación cómica del menor de sus gestos, porque eran negros; por tanto, payasos o simios.
Hugo Hachebuisson