Barcelona, año 1975: durante el atraco a un banco mueren el guarda jurado y un niño de tres años. Uno de los atracadores, Omedes, logra huir con parte del botín. El otro, Leónidas Pérez, es detenido.
Barcelona, año 2007: el Omedes aparece muerto en la antigua casa de citas que frecuentaba cuando era joven. El caso es encargado al inspector Méndez, buen conocedor de las calles del viejo barrio. Tras las primeras averiguaciones llega a la conclusión de que el móvil del crimen es la venganza y que el padre del niño, David Miralles, es el responsable del asesinato. Pero de momento Méndez no puede detenerle porque no tiene ninguna prueba. El otro atracador ha cumplido su condena y está en libertad, sólo es cuestión de tiempo que Miralles lo encuentre o que el atracador, para salvar su vida, se adelante y acabe con él.
La triste historia de este padre que no puede olvidar a su hijo, empeñado en mantenerlo con vida, se entreteje con las historias de los demás personajes hasta acabar encajando con la perfección de un reloj: Ruth, la vieja madame del barrio, enferma de cáncer terminal; su ex-pupila Mabel que ha recuperado la esperanza en una vida mejor; Eva, la conflictiva joven a la que Miralles ayudó a salir de las calles y que ahora es su ayudante. Y Méndez, que nos cuenta la historia de Barcelona, y la suya propia al fin y al cabo, a través de diálogos brillantes e inteligentes, cargados de ingenio.
-A la paz de Dios, señor Méndez. Hacía tiempo que no se le veía. Yo empezaba a pensar que no le había sentado bien el licor ecológico.
-Lo que no me sentó bien fue la última comida. Unos filipinos inauguraron un comedero en la calle Unión, donde antes había una casa de gomas, e invitaron a las autoridades al evento. Los jefes dispusieron que la única autoridad que asistiría sería yo.
-También es mala leche, señor Méndez.
-El menú costaba seis euros.
-También son ganas de anticiparle el entierro. Y no me diga que el menú era de esas especialidades filipinas, señor Méndez, o sea, moluscos capturados en la isla de Cebú.
-Era de cangrejos y algas. Y las algas tenían la virtud de ser bronceadoras, o sea, que las comías y te ponías moreno. Vinieron los de TV-3, y el cámara se puso moreno tan rápido que hubo que sacarlo en camilla. A la presentadora, que era una chica muy mona y con ganas de transmitir un Barça-Madrid, o sea, de hablar de la cultura histórica del pueblo, le costó tanto llegar a la puerta que hubo quien pensó en llamar a los bomberos. Eso sí, el menú era de hermandad, porque los platos estrella consistían en cangrejos estilo Rioja, capturados en el río Besós, sector de la térmica, y algas a la valenciana. El dueño dijo que las algas serían el alimento básico del futuro, y que como todos las comeríamos, sellarían la unidad de los pueblos.
Una novela de barrio. Francisco González Ledesma. RBA. Primer Premio Internacional de Novela Negra RBA.