Esta mañana mi consuetudinaria visita al supermercado tornó en insospechada y apasionante aventura fuera del tiempo y del espacio. En esta pequeña ciudad de provincias provinciana en que vivo sucedía un hecho, que siquiera imaginarlo hace años, me hubiese condenado al frenopático. Cierto es que por aquella mi industria familiar, han pasado Gonzalo Suárez, Maqua o Méndez Leite, pero tener aquí, a dos minutos de mi modesta morada, a Woody Allen desata todas mis más bajas pasiones.
Allen está rodando algunas escenas de su última película en Asturias y esta semana estará en Oviedo, donde además tiene dedicada una horrorosa y/o delirante estatua en una céntrica calle, y ahora está filmando en la iglesia de San Julián de los Prados. En esta iglesia, hoy ya sin apenas culto gracias a dios, hice comunión y boda, y siempre que puedo me acerco a sus piedras llenas de humanos misterios.
Respeto que para trabajar se necesita tranquilidad, y por tanto nada tengo que censurar al hecho de que todas las calles de los alrededores de la iglesia estuviesen cortadas por la policía, y no pudiese ver ni la sombra de mi director preferido. Creo que estaban rodando en el interior porque las ventanas del ábside estaban cubiertas por una tela negra y un gran foco colgado de una especie de grúa iluminaba el interior a través de una ventana lateral.
El calor hoy es insoportable así que decidí volver sobre mis pasos al refugio del aire acondicionado de mi supermercado favorito.
A cambio les dejo esta fotografía de la zona posterior desde donde yo pretendía hacer alguna fotografía a los ilustres visitantes de mi barrio.
San Julián es la mayor iglesia prerrománica española y sus pinturas son las que mejor se conservan. Fue construida en el siglo IX por orden del rey Alfonso II. Junto con otros monumentos prerrománicos fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1998.
También quede constancia, porque en nuestra existencia todo está indisolublemente relacionado, de la desaparición de otro de los hombres de mi vida, Ingmar Bergman. Y como la parca no descansa ni en verano ni en invierno también se ha llevado a uno más de los grandes, Michelangelo Antonioni .
Tertulia
Luís Buñuel dejó dicho que después de muerto le gustaría salir del sepulcro cada diez años para comprar el periódico, leerlo en el velador de un café y una vez enterado de lo que pasaba por aquí, volver de nuevo a la tumba. Todos tenemos un designio secreto para la eternidad. Unos prefieren la absoluta oscuridad de la nada, conscientes de que si en la otra parte de la tapia existe algo, sin duda, será mucho peor de lo que ofrece este mundo. Algunos señoritos esperan que el cielo sea una prolongación de la finca de caza que poseen en la tierra, en la que ciertos bienaventurados se hayan convertido en venados de catorce puntas y los ángeles en perdices blancas a merced de sus rifles y escopetas. Muchos se conformarían con que el más allá fuera un lugar bueno o malo, pero donde se pudiera aparcar. A otros no les importaría ir al infierno si allí hubiera un garito de jazz y el fuego no licuara el hielo del whisky que uno podría tomar oyendo en directo a Charlie Parker. Por mi parte estaría dispuesto a acelerar el tránsito hacia el otro lado si en algún punto del universo pudiera montar a mi gusto una tertulia con amigos muy escogidos, inteligentes y simpáticos, entre los que, por supuesto, estaría Buñuel. La peña tendría algunas reglas. No se le preguntaría a nadie si estaba vivo o muerto, si había sido ya juzgado, salvado o condenado. Cada contertulio se sentaría a la mesa con la única condición de que se tomara la eternidad con buen humor y mucha calma. Durante cuarenta años he pertenecido a una tertulia de cómicos, periodistas, jueces, pintores y algunos fantasmas. Cada uno traía noticias de su oficio y con ellas se formaba una realidad poliédrica de teatros, tribunales, periódicos, pinturas y fantasías, sin otra esperanza que la de seguir hablando sentados hasta el final de la vida. Sería muy divertido continuar con esta tradición en el otro mundo. Unos llegarían con noticias del paraíso, otros con la experiencia del fuego eterno. La última novedad, llena de glamour, sería siempre la que se produjera cada noche en el espectáculo del infierno, aunque cada diez años se esperaría a que Buñuel regresara de la tierra con el periódico leído. Puesto que en la eternidad el tiempo se comprime en la punta de una aguja, cualquier catástrofe futura ya habría sucedido. Ninguna noticia de sangre o de estupidez acaecida en nuestro planeta tendría allí el menor interés, pero todos los contertulios guardarían silencio cuando Buñuel diera los resultados de las ligas de fútbol.
Manuel Vicent. El País (Subscriptores) (29/07/07)
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El mejor cliente de V. I. Warshawski le pide que investigue algo simple: su anciana madre vive en una residencia de lujo en frente de su antigua mansión familiar y algunas noches ha visto luces en el ático. En la primera visita que Warshawski hace a la finca no descubre nada, las puertas y ventanas no han sido forzadas y la alarma permanece conectada. Pero en una nueva visita nocturna todo toma un giro inesperado, descubre a una adolescente merodeando por el jardín y durante el forcejeo para detenerla accidentalmente cae en un infecto estanque lleno de algas y hojas. En el estanque no sólo hay naturaleza muerta, también hay un cadáver. El hombre muerto es un periodista afro-americano, en la revista para la que trabaja no saben que hacía allí, el barrio es una de las zonas más elitistas de Chicago donde tienen sus mansiones las familias más poderosas; el cadáver no presenta signos de violencia y la policía concluye que el hombre llegó hasta allí sólo para suicidarse. Como cabe suponer esta conclusión no satisface a la familia del difunto y contratan a Warshawski para que descubra las verdaderas causas de la muerte.


Ayer volví a la Semana Negra para asistir a la presentación de los dos libros de Guillermo Orsi: Buscadores de Oro y
Contexto: Buenos Aires, diciembre de 2001, 




Llegué a casa distrutta (como dicen los italianos) menos mal que no hacía calor y el sol no asomó por ningún sitio, sino hubiese hecho el trayecto de vuelta a casa arrastrándome. La Semana Negra es agotadora, les recomiendo que no vayan un sábado es casi imposible caminar. Si están de verdad interesados en los libros de novela negra es mejor que vayan un día de semana, así podrán visitar las casetas con calma y hojear los libros a sus anchas, sin tener que empujar a los demás para rozar un libro con los dedos o salir espantada, y apestada, por la humareda del chiringuito de enfrente donde están asando salchichas para toda la región Bávara.
el año pasado se llegó a más de un millón de visitantes) donde la literatura sea una parte más. Yo creo que se pueden combinar ambas partes por igual y con esa ilusión fui este año. Pensé que esta vez, al ser el XX aniversario, las cosas iban a ser diferentes aunque solo fuese por homenajear a las maravillosas personas, ya fallecidas, que un día participaron con pasión en la organización de las primeras Semanas Negras y que se iba a recuperar el espíritu original . En mi modesta opinión deberían agrupar en la misma zona las casetas de libros, las carpas de conferencias y las de exposiciones; y en otra zona los chiringuitos y puestos de artesanía.






