jueves, 29 de marzo de 2007

ECHO DE MENOS A KURT WALLANDER

Llevaba unos días inquieta, con ganas de leer a Henning Mankell, pero de leer algo nuevo, nada de releer antiguos casos de Kurt Wallander, quería un caso nuevo y fresco. De pronto me acordé de la decisión del Sr. Mankell de no escribir más sobre Kurt Wallander y me dio un bajón de azúcar. Miré en su web oficial por si había alguna noticia nueva que me diese esperanzas de un posible retorno de mi apreciado inspector pero no encontré nada alentador. Así que en el momento más bajo de mi ansiedad decidí salir a comprar un libro (de novela negra, por supuesto). Me fui al Fnac que está bastante lejos de mi casa a ver si en el trayecto en tren se me pasaba la morriña y pensaba un poco sobre qué libro comprar.
Al llegar al Fnac lo primero que hice fue acercarme a la sección de libros en inglés por si en la web de Mankell no estaban bien informados y en realidad sí que había alguna novedad ya editada en inglés. Antés, cuando no podía esperar a que la editorial Tusquets editase lo libros en español me los compraba en inglés, pero esta vez el truco no me sirvió de nada. Totalmente desengañada me fuí a la sección de Novedades y cuál fue mi sorpresa al descubrir que RBA ha editado "Roseanna" de Maj Sjöwall y Per Whalöö: primer libro, de la serie de diez, sobre el inspector Martin Beck y padre de la moderna novela negra que inspiraría a futuros escritores como el mismo Mankell.
No lo pude evitar y lógicamente me lo compré, no por despecho hacia Wallander sino porque a Beck le conocí diez años antes que a él y guardo un grato recuerdo de las cuatro novelas que leí. Fueron de los primeros libros de novela negra que leí y me impactaron mucho porque no tenían nada que ver con Agatha Christie o Raymond Chandler, me parecieron más reales y cercanos al mundo y la sociedad en la que vivimos.

Estos cuatro libros fueron los únicos que encontré, y de casualidad, en una librería de viejo porque por entonces ya estaban descatalogados y no se encontraban en las librerías. Por eso fue una satisfación encontrar el primer libro de nuevo editado. Ojalá RBA edite los nueve restantes.


De vuelta a casa ya en el tren inevitablemente comencé a leer.

sábado, 3 de marzo de 2007

Fiesta de inauguración.

Este cuaderno va a ser un homenaje a los autores y personajes de novela negra, relato policial, historias de misterio...con los que he disfrutado y disfruto todos los días.
Apago las luces y que el neón rojo del hotel de enfrente me ilumine, que suene la música (por ejemplo... "Alone together" interpretada por Chet Baker, Pepper Adams, Herbie Mann, Bill Evans, Paul Chambers y Connie Kay), y que mi barman preferido prepare un Gimlet Coktail, por favor.
Ésta es la receta del Gimlet para los que no tengan barman personal:
En coctelera, cuatro piedras de hielo, mitad gin muy seco, mitad lima Rose. Agitar enérgicamente.
Servir en copa de cóctel previamente enfriada.
Como diría Philip Marlowe: "Deja chiquito al Martini".
Y yo lo acompañaría con un poquito de caviar, aunque Vázquez Montalbán no esté de acuerdo:
"-¿Qué sería de la más alta cocina sin el caviar?
Pregunta sin respuesta, vacío de palabras que el chevalier sevant ocupó asegurando que se utiliza en la elaboración de muchos platos de alta cocina pero los puristas consideran que se debe degustar muy frío, solo y con cucharilla. En Rusia se suele comer con blinis (tortitas de harina), a veces acompañado de crema agria y regado con vodka. El pan tostado y el champán son también buenos acompañantes. En ningún caso se le debe añadir limón, porque el resultado es asqueroso. Las huevas de otros pescados (salmón, lumpo, mújol, bacalao) pueden tener un cierto interés gastronómico, incluso en preparados como la putargue francesa o el taramá griego, pero no tienen nada que ver con el caviar. "Son miserables imitaciones, sucedáneos", escupió el hombre, que en caviares era un auténtico clasista.
-Como bebida acompañante se aconseja el vodka si el caviar no es preámbulo de una comida en la que intervendrán vinos. De ser así, el vodka ahogaría los vinos posteriores, por lo que sería preferible un champán brut o la solución aportada por un restaurador mexicano, Dalmau Costa, consistente en acompañar el caviar con un jerez fino muy frío.
Carvalho había hecho un uso moderado del caviar según sus posibilidades económicas, pero en el transcurso de la investigación de Asesinato en el Comité Central, en uno de los almuerzos con los herederos del comunismo, tal vez Leveder, había pedido callos a la madrileña y caviar, sin duda pour épater el marxiste, y habían mantenido incluso una converrsación sobre la mejor manera de comer aquel manjar. "¿No se pone mantequilla sobre el pan tostado?", había preguntado su compañero de mesa, y él le respondió más o menos que lo encontraba una estupidez, cuando el caviar era meloso. También había tenido con frecuencia la ensoñación de una muerte de prestigio, sentado en un sillón relax, con una botella de vino blanco en un cubo lleno de hielo al lado y un canapé de caviar o morteruelo en una mano, entre los árboles, qué árboles no importaba, y en la sospecha de que su conciencia se desligaría del cuerpo y empezaría a subir hacia las ramas para contemplar a vista de pájaro la torpeza insuficiente de su propia muerte. Tuvo la intuición de haber hallado el discurso que sacaría de sus casillas y sus latitas al histérico profesor:
-Habría que llegar a la conclusión de que las revoluciones le sientan mejor al caviar que las democracias, porque bajo el comunismo no había escaseado, y en el revolucionario Irán islámico, el caviar seguía siendo lo que había sido."
MILENIO CARVALHO, I. Rumbo a Kabul de Manuel Vázquez Montalbán (Editorial Planeta, 2004)